jueves, 22 de abril de 2010

El hueso que más duele es el reloj

Gilberto Prado Galán
UIA


Siempre me ha fascinado el verso de Rafael Alberti “El hueso que más duele, amor mío, es el reloj”. El poeta, como sabemos, pidió que arrojasen sus cenizas al mar. Y uno se pregunta: ¿dónde quedó el reloj de Alberti?, ¿se volvió cenizas como su cuerpo? El legado lírico del autor de Marinero en tierra fue, como sabemos, polimorfo, poliédrico. Me gustaban los versos albertianos que musicó Joan Manuel Serrat, pero más el que ya cité: entraña, sin duda, un enigma.

Sé que en un primer examen el verso citado provoca o induce un desconcierto. Uno se pregunta, desde la perspectiva previsible de una lógica rutinaria, ¿por qué, en ese verso, el poeta dice que el reloj es un hueso? La lógica no dilucida el verso.

Y la poesía, como dijo Octavio Paz, puede ser inexplicable, pero no ininteligible. La poética-analógica es el reino de las transfiguraciones es, recuerdo aquí a Lezama Lima, la casa de los espejos. El reloj es un hueso porque así lo autoriza su contigüidad espacial, montado en la muñeca. Yo creo que Alberti se refiere al reloj ceñido al cuerpo, no al Cu-Cu ni al despertador.

Se pregunta uno: ¿por qué el reloj es el hueso que más duele? Porque ese hueso da fe del tránsito del tiempo y, por ello, evidencia nuestra naturaleza efímera (y reciente).

Hay una interpretación segunda quizá no menos aventurada y es, precisamente, la identificación del corazón como el reloj aludido por Alberti. Entonces tendríamos que fraguar una sustitución sugestiva: “El hueso que más duele, amor mío, es el corazón”. Así, al hacerlo hueso, al osificar al corazón, petrificamos el tiempo y evitamos nuestro deterioro en el mundo.

Me quedo, en fin, con el primer verso de Alberti y repito, aún más emocionado, que “El hueso que más duele, amor mío, es el reloj”.

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